El país es Dinamarca, y la gran sala de celebraciones se llama Heorot. El monstruo Grendel ya ha matado a varios guerreros y se gira lentamente mientras mastica la cabeza de uno de ellos. Alguien le está llamando. Es el rey Hrotgar. Está en el centro de la estancia y levanta temblorosamente una espada. El ser, mitad diablo y mitad humano, escupe algo viscoso al suelo y valora con la mirada a su oponente.

Su mandíbula se mueve arriba y abajo y hacia los lados, de pronto un eco óseo entre sus dientes detiene el movimiento. El cuello del ogro se tensa empujando las muelas hasta machacar los huesos de su boca  y convertirlos en una papilla sanguinolenta.

El rey, asustado, da un paso atrás y tropieza con una silla. Cae de espaldas y la espada se le escapa de entre las manos.

Un error fatal. Se incorpora rápidamente esperando sentir el mortal ataque de la bestia. Cruza los brazos ante él a modo de escudo. Allí de pie, desarmado no tiene ninguna opción.

Es el fin del reinado de Hrotgar. Lo sabe. Entonces busca la espada con la mirada, esperando encontrar su brillo entre los charcos de hidromiel y las hogueras descontroladas. Si ha de morir, morirá como un guerrero, al modo vikingo.

Pero no la encuentra.

Pero hay algo más que no está.

Grendel se ha ido…

Beowulf es un extraño poema. Muy atípico. Su planteamiento es tan único que te lleva a pensar que no pertenece a la llamada “cultura popular” con sus clichés.

La película de Robert Zemeckis te acerca a la leyenda de una manera muy entretenida, pero su espectacularidad quizá te distraiga un poco del planteamiento.

Y la verdad es que el poema épico de Beowulf (el poema anglosajón más extenso) narra con detalle el ataque de un “jotun” u “ogro” a un reino danés. No habla de enfrentamientos entre reyes y guerreros, sino de un monstruo en plena época de las tinieblas.

A los jotun, o gigantes, considerados por el folclore escandinavo como una raza del pasado, se les atribuía la construcción de los dólmenes y menhires prehistóricos.

Siguiendo astutamente esta línea, el escritor Michael Crichton fantaseó sobre el origen de la leyenda de Beowulf. Consideró que la leyenda había sufrido una degeneración propia de los trovadores, tan tendentes a exagerar los atributos del monstruo. Crichton pensó que quizá la criatura que solía a atacar los aposentos de Hrotgar no era un ser gigante, sino varios de pequeño tamaño, y que eran horribles, pero no por ser sobrenaturales, sino simplemente porque no eran completamente humanos.

Chrichton consideró la posibilidad de que una de las últimas poblaciones de neandertales hubiesen logrado sobrevivir en Escandinavia hasta nuestros días, y que la historia de Beowulf ilustra el último choque entre las dos humanidades.

Una historia muy absorbente que podéis leer en la novela: “Devoradores de Cadáveres” o contemplar en la menos afortunada adaptación al cine: “El Guerrero Número 13”.

Recomiendo la novela, y en ella, el prólogo del autor. En él explica cómo un simple juego creativo entre dos compañeros de facultad te puede llevar hacia una buena idea para una historia (El grial para un escritor con una hoja en blanco delante).

Destierro de Beowulf